La doctrina de la Iglesia, ¿evolución o desarrollo?

Con motivo de la proclamación de
San John Henry Newman Doctor de la Iglesia por parte de León XIV, recordemos
esta importantísima contribución suya a la
comprensión del desarrollo doctrinal correctamente entendido
, con el fin de
superar la confusión modernista.

Nuestro contexto es el del
desarrollo de la “iglesia sinodal”. En este marco, el domingo 27 de octubre de
2024 finalizó la segunda sesión de la XVI Asamblea General del Sínodo de los
Obispos. Infovaticana ofreció un interesante análisis al respecto del documento final del Sínodo, que
reemplazó a la habitual exhortación apostólica postsinodal.

Como bien señaló el canal de
Youtube La fe de la Iglesia analizando el citado artículo de InfoVaticana, 
el documento parece apuntar a una
fundación eclesial
cuando afirma que “una verdadera conversión hacia una
Iglesia sinodal es indispensable para
responder a las necesidades actuales
”. Responder a la pregunta recurrente
sobre qué es la sinodalidad parece una empresa vana: puesto que un sínodo es
una reunión, la sinodalidad sería “el hecho de reunirse”; por tanto, sería una
reunión sobre el hecho de reunirse. Lo que sí está claro es que, siendo el de “sinodalidad”
un concepto vacío en sí, es preciso rellenarlo de contenido. Y en eso está la
jerarquía eclesial: en dotar a esta iglesia sinodal de nuevos dogmas
(ecologismo, fraternidad universal masónica, fomento de la invasión islámica y
la sustitución poblacional) y pecados (contra la sinodalidad, contra la
ecología, etc).

Una frase del documento llega a
afirmar, para referirse a roles de liderazgo que considera que deberían
desempeñar las mujeres en la Iglesia, que “no se podrá detener lo que viene del
Espíritu Santo”. Del Espíritu de Dios, empero, del Espíritu Santo, ¿puede provenir algo que sea contrario a lo que
contienen las fuentes de la Revelación
, es decir, la Sagrada Escritura y la
Tradición? Además de una miserable apelación a un espíritu que no es el de
Dios, porque Él no se contradice, que vigilen estos innovadores vaticanos no
estar incurriendo en pecado contra el mismo Espíritu, que no tiene perdón, como
dijo Nuestro Señor. Porque resulta que los modernistas encaramados a la más
alta jerarquía eclesiástica cometen un error propio de la herejía en la que han
incurrido, y que es la confusión de la
evolución con el desarrollo
.

Han olvidado el principio de no contradicción del catolicismo: la Iglesia no se
puede contradecir. Y han caído en el culto al progreso como algo positivo per
se, refiriéndose continuamente a “las necesidades de los tiempos actuales” (¿recuerdan
el “aggiornamento” del Concilio Vaticano II?), pensando que la doctrina católica puede “evolucionar” (cambiar) según los signos de los tiempos, aunque eso
implique contradecir a lo que la Iglesia dijo con anterioridad
.

Resulta por todo lo dicho dramático que el papa Francisco incurriese
en el nefasto error de pensar que la doctrina no se desarrolla sin
contradicción, sino que evoluciona con cambios
. Es la consecuencia del pensamiento modernista que domina el
actual razonamiento eclesial. En la
consideración indistinta por parte del anterior Papa de los conceptos de
progreso, evolución y desarrollo yace el origen del problema
. Por eso creyó
que podía inventar pecados nuevos y cambiar el Catecismo. En este sentido,
pensemos en el cambio producido en el Catecismo sobre la pena de muerte: puesto
que Francisco consideraba que la Iglesia
ha tenido hasta ahora una visión equivocada del depósito de la fe como algo
estático
(como era habitual en él, creaba un problema que no existía – en
este caso, la consideración de la doctrina como algo estático – para luego
resolverlo de manera confusa y heterodoxa), argumentaba que “la Palabra de Dios
no se puede conservar en naftalina como si se tratase de una vieja manta que
debe protegerse de los parásitos. No. La Palabra de Dios es una realidad
dinámica y viva que progresa y crece porque tiende hacia un cumplimiento que
los hombres no pueden detener”.  Por lo
tanto – decía -, “la doctrina no puede preservarse sin progreso, ni puede estar
atada a una lectura rígida e inmutable sin humillar la acción del Espíritu
Santo”.

Este error en el pensamiento de
Francisco – y por lo visto parece que de León XIV también: primero, cambio de
mentalidades; luego, cambio de doctrina – no es nuevo. Alfred Loisy (1857 –
1940), principal representante del modernismo en tiempos de san Pío X, juzgaba
necesaria una “adaptación del Evangelio a la condición cambiante de la
humanidad”, y pretendía “el acuerdo del dogma y la ciencia, de la razón y la
fe, de la Iglesia y la sociedad”. Esta “adaptación” y este “acuerdo” llevaban
necesariamente, según Loisy – como indica Yves Chiron en su obra “Historia de
los tradicionalistas”- al cuestionamiento de ciertos dogmas y a nuevas
interpretaciones de las Sagradas Escrituras (p. 15).

Se observa claramente el error, al referirse Francisco al “progreso” de la Doctrina, y no a su
desarrollo. En esta línea, su
discurso era el de un continuo enfrentamiento entre lo que se hizo y dijo, que
ya no es válido hoy, y las posturas contrarias desarrolladas, necesarias para
que la Iglesia viva al ritmo del mundo y sus modas, aunque eso contradiga lo
que dijo siempre. En definitiva, una hermenéutica
de la discontinuidad o de la ruptura
contra la que tanto luchó Benedicto
XVI: una interpretación del Concilio Vaticano II y su fiel o abusiva
implementación como un nuevo comienzo de la Iglesia. Una discontinuidad que
Francisco parecía haberse propuesto convertir en ruptura y reinicio con esta
especie de Concilio camuflado que es el sínodo de la sinodalidad.

Sin embargo, es necesario insistir en que la doctrina de la Iglesia no evoluciona a la manera en que plantean los
modernistas, sino que se desarrolla, de la manera que puede
desarrollarse un árbol desde una semilla: todo el árbol que llegaría a ser estaba
ya contenido en la semilla
, como brillantemente explicó el cardenal John Henry Newman. En su obra de 1845 “Un ensayo sobre el desarrollo de la
doctrina cristiana
”, Newman expone cómo el problema no es el hecho de que la doctrina se hubiera desarrollado a
lo largo de los siglos – lo cual parecía innegable—, sino los criterios para el
desarrollo. ¿Cómo se pueden distinguir
los desarrollos que son auténticos de los que son falsos?
En términos más
explícitos, ¿cómo se puede distinguir la
doctrina genuina de la herejía?

A este respecto, John Senior sintetizó de manera
brillante la exposición de Newman en “La muerte de la cultura cristiana”;
para el autor, “el evolucionismo religioso es confundido con frecuencia con la
idea exactamente contraria de Newman acerca del desarrollo de la doctrina – en
el cual toda la creación está para siempre contenida en su propio petardo. Evolución, dice Newman, no es desarrollo:
en el desarrollo, lo que es dado una vez
y para siempre al comienzo es meramente explicitado
. Lo que fue dado de una
vez y para siempre en la Escritura y la Tradición ha sido clarificado en
generaciones sucesivas, pero sólo por
adición, nunca por contradicción
; por el contrario, la evolución funciona
mediante la negación. Newman dedica un capítulo entero de su ´Ensayo sobre el
desarrollo de la doctrina cristiana´ a refutar la idea de que algo contrario al
dogma o que no se encuentre en el consenso de los dogmas de los Padres pueda
ser desarrollado alguna vez apropiadamente. Concebido positivamente, el desarrollo es radicalmente conservador,
permitiendo sólo aquel cambio que ayude a la doctrina a seguir siendo verdadera
al definir los errores que aparecen en cada edad”.

Lo que ocurre es que, como suele
suceder, Francisco inventó que la Iglesia ha creído que la doctrina era
estática, cuando resulta que el mismo Cristo dijo a los Apóstoles que el Espíritu Santo les ayudaría a comprender
con el tiempo la verdad completa
. Les ayudaría, y de hecho les ayudó, con
el desarrollo de la doctrina, que no tiene nada que ver con un supuesto
“progreso” o “evolución”. En un
muy interesante artículo en InfoCatólica, Jorge Soley destacaba las siete
notas que deben poseer los desarrollos
auténticos de la doctrina según el cardenal Newman
, en su obra citada, de
las que carecen los que, aun presentándose como un mero desarrollo, no son más
que corrupciones de la doctrina. De estas siete notas, me gustaría destacar
aquí cuatro:

1) la
continuidad de los principios: los principios
son generales y permanentes, mientras que las doctrinas se relacionan con los
hechos y crecen. Escribe Newman, “la continuidad o alteración de los principios sobre los que se ha
desarrollado una idea es una segunda marca de distinción entre un desarrollo
fiel y una corrupción
”.

2) la
sucesión
lógica
: Un proceso de desarrollo auténtico sigue las reglas de
la lógica: “la
analogía, la naturaleza del caso, la probabilidad antecedente, la aplicación de
los principios, la congruencia, la oportunidad, son algunos de los métodos de
prueba por los que el desarrollo se transmite de mente a mente y se establece
en la fe de la comunidad
”. Lo que le hace decir a Newman que una doctrina
será un desarrollo verdadero y no una corrupción, en proporción a cómo parezca
ser el resultado lógico de su enseñanza original
.

3) la
Acción conservadora
de su pasado
: escribe
Newman que, “así
como los desarrollos que están precedidos por indicaciones claras tienen una
presunción justa a su favor, así también
los que
contradicen e invierten el curso de la doctrina que se ha desarrollado antes
que ellos y en la cual tuvieron su origen son ciertamente corrupciones
”. Si un
desarrollo contradice la doctrina anterior está claro que no es desarrollo,
sino corrupción
. En este importante punto, Newman aclara que “un desarrollo
verdadero se puede describir como el que conserva la trayectoria de los
desarrollos antecedentes…
es una adición que ilustra y no
oscurece, que corrobora y no corrige el cuerpo de pensamiento del que procede
”.

4) El
“vigor perenne”: “la corrupción no puede permanecer
mucho tiempo y
la duración constituye una prueba más de un desarrollo verdadero”.
Resulta interesante otro comentario que Newman desliza aquí y en el que se nos
muestra como un fino observador: “la trayectoria de las herejías siempre es corta, es un
estado intermedio entre vida y muerte, o lo que es como la muerte. O
si no acaba
en la muerte, se divide en alguna trayectoria nueva y tal vez opuesta
que se
extiende sin pretender estar unida a ella… mientras que la corrupción se
distingue de la decadencia por su acción enérgica, se distingue de un desarrollo
por su carácter transitorio
”.

El desarrollo, pues, es conservador; no es
rupturista ni innovador
. La Iglesia
afirma que la Revelación acabó en la era apostólica, con la muerte del último
apóstol. Lo que se ha desarrollado – de manera orgánica y sin contradicciones –
es la comprensión y exposición de la misma
. Sin embargo, si la doctrina
cristiana o católica progresara, tal como la entendía Francisco, en
contradicción con postulados de tiempos anteriores al nuestro, eso significaría
que la Iglesia erró al predicar que la Revelación se había terminado con la
muerte del último apóstol y que, en realidad, la doctrina estaría incompleta y
necesitaría ser completada. Se observa perfectamente el catastrófico error epistemológico, la ignorancia de la lógica
católica y la intoxicación modernista
. Si hablamos de desarrollo quiere
decir que toda la doctrina está ahí, y lo que se hace es des-enrollarla,
descubrirla, conocerla, abrirla. El
desarrollo no añade nada nuevo, sino que descubre lo escondido
; mientras
que el progreso es todo lo contrario: un salto y, por lo tanto, algo nuevo.
Dicho de otra manera: progreso es
discontinuidad y desarrollo es continuidad. La doctrina de la Iglesia se
desarrolla; no evoluciona
. Por tanto, estemos atentos: allí donde haya contradicciones no existe un sano desarrollo doctrinal,
sino corrupción y error
.

Debido a
la utilización manipulada que el progresismo en el Concilio Vaticano II hizo de
la figura del Cardenal Newman, Peter Kwasniewski ha realizado aclaraciones muy
necesarias sobre él tras el anuncio de León XIV de su proclamación como Doctor
de la Iglesia. Aclaraciones que el bloguero Wanderer tradujo al español en
un extenso artículo presentado en tres partes que recomiendo leer aquí, en la
que Kwasnieweski comenta cómo “es irónico que se mencione a Newman junto a los
defensores de las tendencias reformistas de la Iglesia moderna, cuando
—al menos en cuestiones relativas a la teología fundamental, la moral cristiana
y la liturgia sagrada— arguyó enérgica y constantemente a lo largo de su
carrera contra el racionalismo, el emocionalismo, el liberalismo y la
«tinkeritis» litúrgica
, es decir, la creencia de que podemos construir un
culto mejor si modificamos lo suficiente lo que hemos heredado. 

En el
ámbito de la liturgia en particular, se opuso firmemente a las modificaciones y
modernizaciones rituales
destinadas a «encontrar a las personas donde
están» o a «adaptarse a la mentalidad actual» (como dijo Pablo VI en su
Constitución Apostólica del 3 de abril de 1969, que promulgaba el Novus
Ordo
).

Newman no era solo antiliberal (lo dice expresamente de sí
mismo, y más de una vez); no era sólo un conservador que detestaba los planes
revolucionarios. Era lo que hoy se llama un tradicionalista en materia
dogmática y litúrgica, alguien que habría criticado duramente todo el proyecto
conciliar, y sin duda la reforma litúrgica
llevada a cabo
en su nombre, por errónea y condenada al fracaso”.

 


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